domingo 17 de octubre de 2010

Operarios en casa

         Aquella mañana, me disponía a escribir una poesía que rondaba por mi cabeza desde hacía días. Tenía los primeros versos claros y estaba convencido de que el resto fluiría de forma natural si me concentraba un poco. ¿Concentración? Me di cuenta de que poco podría concentrarme con el ruido que había en casa. Esa mañana habían venido los operarios a hacerme unas pequeñas reparaciones. Para aislarme del ruido, opté por ponerme los auriculares y escuchar música de mi ordenador. Abrí el programa Spotify de música por suscripción, elegí una lista de reproducción y me puse los auriculares a todo volumen. A los primeros compases de la canción, noté unos golpecitos en mi hombro.
––Perdone que le moleste jefe ––. Era el electricista que me hablaba alzando la voz lo suficiente como para que pudiera oírle. 
––No grite tanto, que hay vecinos –– le pedí gritando yo también para oír mi voz por encima de la canción. Me giré y me saqué los auriculares para atenderle. Igual necesitaba una escalera. 
––No me diga que usted escucha música por Spotify. Es cojonudo ese programa. Mola ––me dijo, al tiempo que acercaba su cara a mi pantalla hasta casi empañármela con su aliento.
Antes de darle al botón de play de nuevo, le clavé una mirada de autoridad, de esas que significan no me toques las pelotas y dedícate a arreglarme ese enchufe que para eso te he llamado. Pero al girarme me encontré con la pantalla de su iPhone 4 en mis narices. El también tenía el programa Spotify en su móvil. Con el dedo me señaló el número de canciones que tenía en su biblioteca.
––Fíjese, he llegado al tope. Tres mil trescientas treinta y tres canciones. Una más ya sería abusar. Total por 9.99 euros al mes.
Tres mil trescientas treinta y tres canciones. Vaya fiera. Mi biblioteca apenas superaba los ciento cincuenta títulos y yo también pagaba esa cuota cada mes. Tengo que ponerme a descargar canciones como sea, me dije. Un electricista no podía superarme en cuestiones musicales. Improvisé una respuesta. Estaba a punto de decirle que no importa la cantidad si no la calidad cuando un vocerío grotesco procedente de la habitación me dejó sin respuesta. Parecía que estaban degollando a alguien. Me levanté y me dirigí a la habitación a averiguar qué ocurría, no fuese que el vecino llamase a la policía. En mi habitación, el técnico antenista bailaba y canturreaba a grito pelado. Llevaba los auriculares puestos y la canción que escuchaba debía entusiasmarle. Pegaba unos berridos y desafinaba tanto que más bien parecía un cerdo degollado. Estaba a punto de llamarle la atención cuando mi móvil sonó y vibró en mi bolsillo. Llevaba el tono de llamada más estridente de mi colección de tonos de llamada.  Me lo había puesto esa mañana porque sabía que entre el electricista, el antenista, el carpintero, el fontanero y el cristalero mi casa se convertiría en una jungla de ruidos capaces de dejar sordo a cualquiera. 
––Diga ––grité por encima de los trinos del antenista. En ese momento, la sierra circular del carpintero, en el pasillo, entró en acción. Noté un pitido agudo en mis tímpanos, como si alguien me hubiese dado un puñetazo en la oreja.
––Mola. Ese tono, también lo tengo yo ––gritó el antenista, por encima del volumen de la música que estaba escuchando, por encima también del fragor de la sierra. ¿Cómo podía oír el tono de llamada en mi móvil llevando los auriculares puestos? No me entretuve en encontrar una respuesta. Tenía que contestar la llamada entrante. Apreté el botón de contestar. Repetí varias veces diga. Pero la sierra del carpintero ya mordía la madera, con un agudo y estridente silbar y no me permitía escuchar la voz al otro lado. Al pasar por su lado, entre una nube de serrín, pude ver que el hombre tecleaba en su móvil un mensaje sms con una mano y con la otra acercaba un listón de madera a la sierra circular.  Creo que de la angustia que sentí, la comunicación se cortó. O quizás mi interlocutor pensó que se había equivocado de número y que en vez de llamar a la tranquila casa de un poeta, había llamado a un taller mecánico, o a un manicomio, según escuchase la sierra mecánica o los gritos desafinados del antenista.
––Mire en llamadas perdidas ––me dijo el fontanero, con el que me crucé en el pasillo.
––Aquí las encontrará ––me instruyó a continuación, señalándome con un dedo ennegrecido el botón de llamadas perdidas en la pantalla de mi móvil. Sin dejar de mirar la sierra circular, aparté su manaza de mi móvil. Intenté suavizar mi gesto dándole las gracias, pero en ese momento su móvil sonó. El hombre se quedó en el pasillo, con el soplete encendido en la mano, atendiendo su llamada. Me pregunté cómo ese hombre podía oír algo. Entre los cánticos del antenista, la sierra del carpintero y el taladro del electricista que justo en ese momento percutía contra el tabique del salón era imposible mantener una conversación a través de un móvil. Igual están acostumbrados, pensé.
Volví a mi escritorio. En el centro de mi pantalla del ordenador, un sordo mensaje de texto reclamaba mi atención.
––Veo que también tiene un perfil en facebook ––me dijo el electricista, que de nuevo fisgoneaba por encima de mi hombro, taladro en mano. Me volví a girar. De nuevo me encontré con la pantalla de su iPhone 4 en las narices.
––Cuatro mil novecientos noventa y nueve amigos ––. Señaló una cifra en la pantalla táctil de su móvil––. Uno más y tendré que crear otro perfil. Mola.
  En ese momento, justo cuando acababa de minimizar la ventana de facebook, para evitar que el electricista viera mi escasa cosecha de amigos, pude oír el timbre de la puerta. Fui a abrir. Era mi vecino.
––¿Te funciona el adsl? ––me preguntó.
––Pues creo que sí ––le dije. Me explicó que a él se le había cortado la conexión hacía cinco minutos. Yo, por decir algo, le dije que mi conexión iba perfecta. Un poco lenta, quizás.
––Quite jefe, que ahora le miro el adsl ––se ofreció el electricista en cuanto el vecino se marchó.  Y acto seguido blandió su iPhone 4, lo levantó por encima de su cabeza y empezó a moverlo a un lado y a otro, alrededor de la sala. 
––¿Cuántas megas tiene contratadas? ––me preguntó. No tenía ni idea. Suficientes para navegar por internet, recibir el correo y bajarme canciones. No era una cuestión que me preocupase.
––Es que la señal es muy débil ––dijo mirando unas gráficas en la pantalla de su móvil.
Y para qué quiero más, estuve a punto de decirle. Pero no pude porque, de repente el antenista apareció en la sala. Ya no cantaba, pero seguía con los auriculares puestos. Alzando la voz y pronunciando mal las vocales me dijo:
––¿Qué me dejaría la clave de su wifi para descargarme unas cancioncillas? 
Me quedé pasmado. 
––Es que este grupo es la hostia ––añadió y a continuación se puso a hacer el solo de guitarra con el cable de antena como mástil de la guitarra y sacudiendo la cabeza arriba y abajo.
Y de repente, oí un “mierda”, procedente del pasillo. Temí que el carpintero se hubiese cortado, que su mano hubiese sido seccionada del brazo por aquella horrible sierra circular.
––Coño, que me cobran 0,99 por un mardilto sms.
––Tío que no estás a la guay. Usa el skype ––le aconsejó el fontanero, interrumpiendo momentáneamente su conversación telefónica. 
––El Whatsupp es gratis ––gritó el antenista en mitad del solo de guitarra.
––No le importa que use su ordenador para enviar un hotmail ––me pidió el carpintero mientras acababa de cortar un largo listón de madera. Iba a decirle que no, que por dios se fijase en lo que estaba haciendo. Pero, de nuevo, el electricista intervino. Y empezó a darle consejos sobre programas de mensajería instántanea para el móvil. Y el antenista, también entró en la terna de sugerencias y comentarios. Y el carpintero, para no ser menos, también se puso a demostrar sus conocimientos tecnológicos. Y la sierra circular seguía silbando y levantando serín, como queriendo ella también participar del cada vez más encendido debate. Y aquello era un caos insufrible para un poeta como yo. Decidí salir de casa y buscar un bar tranquilo donde pudiese seguir con mi poesía. 
–Bueno, esto ya está – oí que me decía una nueva voz, a mi espalda. Era el cristalero. Me había olvidado del cristalero.
––Ah, bien. Ya me enviará la factura ––le dije a toda prisa, con la intención de salir de ahí cuánto antes.
––¿Y cómo quiere que se la envie?
––Yo que sé, por mail.
––No tengo eso.
––Pues llámeme al móvil.
––No puedo, la jefa no me deja usar el teléfono para llamar a móviles.
––Pues enviéme un sms.
––Tampoco tengo móvil.
––¿Acepta tarjetas de crédito?
––¿Y qué hago con su tarjeta de crédito?
––Pues pasarla por el terminal
––No tengo de eso.
Respiré profundamente. Me estrujé el cerebro para dar con una solución al pago de la factura de ese hombre. Desde luego, merecía ser remunerado. Había hecho el trabajo con eficiencia, sin interrupciones de llamadas al móvil, sin música que le distrajera, sin mensajes que contestar. Iba a preguntarle por el número de su cuenta para hacerle una transferencia electrónica. Se me ocurrió que igual tenía una cuenta en pay pal. Pero viendo su aspecto, concluí que ese hombre de tecnología poco, por decir nada. Sus herramientas no eran más que un martillo, un formón, unas alicates y una bola de masilla, de esa que huele a pescado. 
Y ahí lo di por imposible. Ese hombre vivía en otro mundo. Me lo quedé mirando. Y pensé que aún siendo un analfabeto tecnológico, había hecho su trabajo mejor que el electricista, el carpintero y el antenista juntos. Desde luego, merecía cobrar. Me di cuenta de que no llevaba dinero encima. No quedaba otra solución que bajar a la calle y sacar dinero del cajero de la esquina. Le pedí que me acompañase. Salimos los dos por la puerta. Antes de cerrar, volví al salón, apagué mi ordenador y desconecté el router.
––¿Le gusta la poesía? ––le pregunté frente a la puerta del ascensor. En ese momento, a través de la puerta cerrada de mi piso oí que uno de los operarios gritaba:
––¿Quién coño ha cortado el adsl? 

sábado 16 de octubre de 2010

¿Para qué sirve facebook?

A veces me pregunto para qué sirve esto de facebook. A parte de para dar los buenos días, interesarte por los pies fríos de tus amigos, poner las fotos de cumpleaños, celebraciones y viajes. Y poco más. Porque para compartir, lo que se dice compartir, compartir en el sentido de doble dirección, es decir de ida y vuelta, esto de facebook sirve para poco. Uno pone las fotos de su último viaje y después se pasa el día esperando que junto al iconito de mensajes aparezca pronto un uno y luego un dos, un tres, un doscientos veintiséis. Tantas respuestas como amigos lucen en su panel, a la izquierda de la pantalla. Y espera, y espera, y espera. Y el número no aparece. Ningún mensaje con las más mínima frase de admiración o de interés. Ni una pregunta. Y ni mucho menos ninguna reseña que comente o amplíe la información de la foto. Que eso sería lo interesante. Pienso yo. Lo más que se puede esperar es un qué guay, tú sí que bien te lo montas tio, o un monosílabo o una palabra tecleada en lenguaje de móviles, o un smayley ;–). Pero nada de todo eso aparece en forma de respuesta. Es frustrante.¿No os ocurre a vosotros lo mismo? Es esa sensación de cuando enviabas una carta a un amigo –¿alguien se acuerda de las cartas?– interesándote por él y contándole tus progresos en la universidad o en la vida y el amigo no te contestaba. Claro que entonces, era más ofensivo ya que eso tenía el coste de un sobre y un sello. Pues eso, multiplicado por tantos amigos como tengas en facebook, pero con el atenuante de que al menos es gratis. En el fondo facebook no es más que un programa de correo electrónico que simplifica mucho la tarea de ir comunicándote uno a uno con tus parientes y conocidos. Escribes algo, pones una foto, un enlace, le das al botón de compartir y te aseguras que ha llegado a todos tus amigos. De eso puedes estar seguro. De lo que no, es que te contesten, se interesen o al menos te envíen unas fotos para demostrar que el viaje que ellos han hecho es más interesante y caro que el que has hecho tú.
A veces me pregunto si eso le pasará a todo el mundo que utiliza el facebook o si realmente sólo me pasa a mí. Veréis, es que tengo la sensación de que en esto de la comunicación interpersonal, soy un poco gafe. A esta conclusión llego cuando veo que hay usuarios de facebook –varios amigos míos son un ejemplo de ello– que o tienen un encanto especial o lo que comparten es interesante de cojones. Escriben: buenos días, sonreir a la vida que eso os traerá muchas sonrisas. ¿Qué tonteria, no? Pues no os lo penséis. !Los comentarios que en apenas unos minutos recibe ocupan toda la pantalla, puestos uno de bajo de otro. Y entonces ves que esa persona tiene la hostia de amigos. Y buscando una explicación a ese éxito, revisas sus comentarios y sus respuestas, y la verdad, viéndolos todos, estudiándolos profundamente, te preguntas si la humanidad, bueno sólo la parte de la humanidad que disfruta de estos privilegios tecnológicos, se ha vuelto borrega.
Esto no siempre es así, me diréis. Cierto. Hay gente que publica cosas interesantes: el perfil de su empresa, una oferta de un producto que vende, el enlace de su web donde se auto promociona. Bueno, es que no has sabido escoger a los amigos, me diréis a continuación. Pues también es posible. O quizás es que esperas demasiado.¿De quién de facebook? ¿O de la gente? Si es de la gente, puede que tengáis razón. Por una parte, es mucho esperar que cada uno de tus amigos esté todo el día delante del ordenador pendiente de que tú te decidas a compartir algo. Por otra, igual el noventa y ocho por ciento de tus amigos se han hecho de facebook porque todo el mundo tiene un perfil en facebook y ellos no pueden ser menos y una vez se han hecho ya no vuelven a aparecer ahí en toda su vida Tanto en un caso como en otro, mejor para ellos. Eso quiere decir que tienen otros intereses. Yo qué sé. Igual leen libros.

miércoles 24 de marzo de 2010

Acabaconloshijosdeputa.com

El otro día, un amigo me envió el enlace a una curiosa página web. “Míratela, seguro que te interesa”, me escribió en el mensaje. Por curiosidad y por que no tenía nada más que hacer, accedí a la web. “Acabaconloshijosdeputa.com” se titulaba la página. Había un tutorial que explicaba en qué consistía. Me leí el tutorial. Primero tenía que elegir la localización que más me gustase: ciudad, campo, costa, club náutico, gran mansión o club de golf. Definir si el hijo puta era hombre o mujer. Enviar una foto de su cara, escribir varias frases de desahogo y listo  En lo que tardaba el programa en procesar la información, ya tenía un vídeo en el que podía ver, experimentar y disfrutar viendo cómo se acaba con un hijo de puta. Me gustó la idea. Elegí la escena que consideré más apropiada. Subí la foto de la persona que odio más en este mundo. Todo el mundo tiene alguien a quien odiar, digo yo. Que no todo va a ser amor y pastelitos en esta vida. Esperé apenas un minuto y empecé a ver el vídeo.
Mi hijo de puta preferido está en la calle, parado frente a un cajero automático. Puedo ver su cara, perfectamente moldeada en 3D e insertada en un cuerpo bien parecido al suyo. Incluso viste parecido, con una corbata que mucho se parece a aquellas que usaba con tan mal gusto. Le veo confiado. Regodeándose en su bienestar y su prosperidad. Pero de repente, su expresión cambia. En la pantalla del cajero, un texto: “Lo lamentamos pero su cuenta ha sido bloqueada por estafador. Diríjase a una oficina de Hacienda”. Eso ya me gusta. Veo cómo mi hijo de puta, se aleja del cajero rascándose la cabezay camina unos pasos más por una calle. Entra en un restaurante. Debe tener hambre. Siempre andaba comiendo el tío. Lo veo pedir. Ostras. Marisco. Vino blanco de aguja. Se pega un banquete, el tío. Llega el momento de la cuenta. Saca la Mastercard de la empresa. Vuelve el camarero. La Mastercad no va. Ni tampoco la Visa personal. Y no lleva metálico. Quiere llamar a su mujer por el móvil. “Móvil sin saldo, diríjase a su operador”. Su cara es un mapa. No sabe qué hacer. Mira a su alrededor, quizás buscando algún amigo que pueda sacarlo del apuro. No conoce a nadie. Los comensales lo miran con desconfianza. El dueño del restaurante le invita a acompañarle a su despacho. Le toma sus datos. Le exige el Cartier Bresson que lleva en su muñeca como fianza. Lo cachea. Se queda también con el móvil Blackberry, con la cartera Loewe de piel. Después lo acompaña a la puerta de atrás del restaurante y de una patada en el culo, lo empuja al callejón. Me regodeo viendo la cara de estupefacción de mi hijo de puta. Siempre tan señor, siempre con esa media sonrisa de falsa confianza. Mírate ahora, cabrón. Me parto de risa. El video está tan bien hecho que parece una película. El callejón es de aquellos de películas de bandas de Harlem. Clavadito. En el desencajado rostro de mi hijo de puta, se dibuja un terror repentino. Ha visto algo. La cámara gira al extremo del callejón. ¿Como no? Una banda de tipos duros se le acercan. Y sin mediar palabra, uno de ellos le atiza con una barra de acero en el estómago. “Está por haberle recriminado a un empleado que un puto día, sólo un puto día cargara una comida a la tarjeta de la empresa”, le dice, despacio, fríamente, mientras  mi hijo puta está doblado de dolor. Y acto seguido recibe una patada en la mandíbula de otro de los tipos. “Esta por follarte a tus empleadas”, le suelta. Eso ya me da más repelús. Mi pobre hijo de puta. Lo veo ahí escupiendo sangre por la boca y recogiendo trozos de dientes esparcidos por el suelo. Y venga más patadas. Y los textos que había escrito en el formulario, son dichos una a uno, y en la entonación justa por los matones. “Esta de parte de tus proveedores”, “esta de parte de tus clientes”, “esta de parte de tus compañeros de trabajo” Y así, frase a frase, no lo matan de milagro. Mi pobrecito hijo de puta se levanta. En la siguiente escena, lo veo introduciendo la llave en la puerta de su casa. Bueno, no es exactamente su casa, que sé donde vive. Pero como si lo fuese. La llave no funciona. En el pomo de la puerta una nota. “Búscate la vida, cabrón”. Por la cara que pone, se deduce que la nota la ha escrito su mujer y que él se ha quedado sin casa. Y sin mujer. Genial. Siguiente escena. Ha dormido en el despacho. Se despierta dolorido, amoratado, hecho un cisco. Entra un señor muy importante, debe ser el presidente de la compañía, acompañado de dos guardias. El señor importante le tira expedientes sobre su mesa. Desfalco. Morosidad. Falsas facturas. Nóminas apañadas. Sociedades instrumentales. Mobing a los empleados. Despidos improcedentes. Adulterio. Abuso de posición dominante. La cara de mi hijo de puta es un poema. Balbuceante, lloroso, sin dientes. Se acaba aquí el vídeo. ¿Quiere enviarlo por correo? Me pregunta el programa. 

viernes 19 de marzo de 2010

Cero a la ziquierda

Juan palmeó la almohada, aireó el edredón y se introdujo en la cama con una extraña y desconocida sensación. ¿Por qué me siento tan pletórico?. !Qué raro! Y entonces cayó: aquel día había tenido cero mails, cero llamadas al móvil, cero amigos nuevos en facebook, cero invitaciones, cero sms, cero twitters, cero visitas a sus blogs. !Y lo mejor! !El fijo de casa no había sonado en todo el día! 
Votó de alegría todo lo largo que era sobre la cama. Su mujer se ponía el pijama, en el otro extremo de la cama. Nada le contestó cuando ella le inquirió. ¿Quién le hubiese dicho a él hace un par de años que llegaría a este súmmum de incomunicación? Hace un par de años me creía el rey del mambo. Mi cuenta de correo a reventar. Las baterías del móvil agotadas antes del mediodía. Mi tiempo dedicado única y exclusivamente a responder mails y llamadas. !Qué vidorra aquella! O eso pensaba entonces. 
Juan se volteó hacia el lado de su mujer. Le miró la rajita del culo, apunto de ser ocultada por el pantalón del pijama. Alargó la mano. El pantalón subió hasta la cintura. !Joder, el día perfecto! ¿Qué he hecho yo para merecer tanta felicidad?

viernes 12 de marzo de 2010

Si tú no me llamas, yo no te llamo

Asistí a una conferencia sobre cómo encontrar trabajo o clientes a través de la red. En uno de los lances, el orador soltó esta frase: “Si tú no me llamas, yo no te llamo, y así acabaremos por no tener ni un amigo. Y sin amigos no hay contactos. Y sin contactos, no hay trabajo, no hay clientes, no entra dinero en tu cuenta corriente.
Tiene su lógica. Pero si nos paramos a pensar, a veces se puede entender que la gente adopte esta postura. Pongamos por caso que un día te encuentras un antiguo compañero de trabajo por la calle. Erais uña y carne. El conserva su trabajo. Tú fuiste despedido.  !Hombre cuánto tiempo, sin saber de ti”, te dice. Y vas y tú le dices: “Oh, no me devolviste la llamada”. Y el otro se hace el longuis: “¿Llamada? !Ah,¿pero me llamaste?” Y le contestas: “Sí y te dejé un mensaje en el contestador diciéndote que si sabías de un curro para mí...” Entonces el amigo jurará que no la recibió. Y cambiará de tema. Te preguntará por la familia. Te preguntará qué sabes de fulanito o de menganito. Mirará el reloj y finalmente, como si un rayo le hubiese golpeado la cabeza, se acordará que tiene una reunión de trabajo. Y verás cómo se marcha ufano, sin haberte preguntado cómo te van las cosas, si has encontrado trabajo. !No! Esas cosas no se preguntan. A uno le puede poner en un compromiso. No vaya a ser que el pesado este me esté llamando cada día para preguntarme por un curro.  Y el pesado este, para no parecer más pesado de lo que su amigo piensa, opta por no volver a llamar. Que uno tiene su diginidad. A lo más que puede optar es a pedirle recomendaciones o contactos. Pero el amigo, ya está camino de su reunión.
Está el caso también de las llamadas a los amigos de verdad. Uno quiere a sus amigos. Se preocupa por ellos. Le apetece salir a cenar con ellos, a ver un partido de fútbol, a ligar a la discoteca. Lo que sea. Tema sagrado el de la amistad.¿Qué más dan las tarifas de las operadoras de telefonía móvil? Por un amigo se hace todo. Tu agenda electrónica en el móvil está repleta de amigos. Y al lado de sus nombres, un contador que te dice cuántas veces has llamado tú a fulanito y cuántas te ha llamado él a ti. 25 a 1. !Eps! Gastas más en telefonía que él. ¿No se supone que la amistad debe ser equitativamente correspondida?  Para no dudar de tu amigo, piensas que el hombre debe estar muy ocupado. O que está en un apuro económico y no puede gastar en llamadas. O quizás le ha ocurrido algo. Pero si le llamé hace pocos días y me dijo que estaba bien. Mejor le llamo. Hombre Paco, qué tal todo. Nada que quería saber de ti. Como te llamé el otro día para quedar y no me dijiste nada. ¿Qué vas de bólido? !Que suerte la tuya! No, no, no me estoy quejando. !Que no te estoy recriminando nada! No te lo tomés asi, hombre! Bueno, vale, sí, eso, nos llamamos. Ciao. Y sabes que ya no volverá a llamarte. 26 a 1. Y recuerdas, que ese 1, era una llamada perdida. Ante eso, optas por borrar al tal Paco de lista de amigos. Y luego de Paco, le seguirán Antonio, Carmen, Luis, Marcos, Pepe, Mercedes. Y tu lista se quedará a cero, cuando recibas la factura de tu compañía y veas qué inútil gasto has hecho en frustrados intentos de comunicación.
Eso sí, Todo el mundo tiene su móvil. Y todo el mundo derrocha en llamadas. ¿A quién llamarán? ¿O sólo lo utilizan cuando los llaman a ellos? Como responder es gratis.... ¿Cómo se las apañarán para conseguir que les llamen a cualquier hora, en cualquier lugar? Debe ser que hay gente que tiene un don especial. Son como un imán para las llamadas de móvil. Reciben llamadas constantemente. Todo el barrio se sabe de memoria la melodía de llamada entrante. Hasta se canta por la calle. Y la gente la oye y dice: Paco que te están llamando. Es como un reflejo condicionado. Tú oyes la última de la Beyoncé en la cola del supermercado y piensas en Paco. ¿Pero cómo se lo hará ese tal Paco para ser tan famoso? La sociedad general de autores debería perseguirlo por uso abusivo de los derechos de autor de la Beyoncé. SI te gusta la canción de Beyoncé, tú pégate a Paco y la oirás infinidad de veces. Puede que sin enterarte, tú tengas ese don. Todo puede empezar porque un día recibes una llamada de un número desconocido y una susurrante voz al otro lado se presente como Paco y te pregunte si alguien te ha llamado preguntando por él. Todo es posible en este mundo de las comunicaciones.
Pero hay casos en que realmente es útil el teléfono móvil. Para llamar a tu suegra, desde luego que no. Que igual te cuelga. O te dice que no seas anticuado y que si tienes algo que decirle, se lo digas a través del twitter. ¿Y qué coño le voy a decir? ¿Si me puede tener los niños este fin de semana? También es útil para preguntarle a tu mujer si hay leche en casa. Pero !ojo con eso! Que si tu mujer es muy susceptible, te dirá que si esperas que vaya ella a comprarla. Ya puedes jurarle que no era esa tu intención (porque no era esta tu intención, ¿verdad’), que ella empezará a largarte un discurso reinvindicativo, de media hora, en horario de tarifa premium. !Y la llamada la pagas tú! Así que mejor le envías un sms. “Cariño no te preocupes por la leche que ya la compro yo” Es posible que te conteste con un “zopenco, que no te enteras, que ya la compré yo el otro día, como siempre”. Toma ya. ¿Borro a mi mujer de mi lista de teléfonos?
Y finalmente, están las llamadas de trabajo. Esas sí. Ahí a dojo. Como paga la empresa. A no ser que la empresa sea tuya, en cuyo caso adoptas las anteriores estrategias y las aplicas a raja tabla a tus empleados, si es que tienes empleados. En horario laboral, los móviles están que echan humo. Lo primero, llamar a los clientes para que se sientan importantes. Lo segundo llamar a los proveedores para llorarles en el pago de las facturas. No sabes la de gastos que tenemos. ¿A ciento veinte días, te va bien? Y si no, que se aguante. Ahí no importa que no te devuelvan las llamadas, Mejor aún que no te las devuelvan. Porque si un cliente te devuelve la llamada es para quejarse. Y si es un proveedor es para reclamarte una factura. En la empresa, lo importante es parecer que eres productivo. ¿Y qué mejor forma que estar enganchado al móvil todo el día? Cuanto más llamas, más admiración despiertas. Ahí, en el curre, sí que no vale eso de que si tu no me llamas, yo no te llamo. Llama. Llama sin parar. Aunque sea sólo para resarcirte de que la gente que de verdad te importa nunca te llama.

jueves 11 de marzo de 2010

Networking

Recuerdo aquel día que me dije: “te levantarás y escribirás lo qué vas a hacer y cuando te vayas a dormir, escribirás qué has hecho durante el día”.
Como en aquella época no tenía trabajo, me fijé un objetivo claro: saldrás a la calle a buscar trabajo. Pero enseguida pensé: “¿En la calle dan trabajo? ¿Esa señora que pasea el perro me va a dar trabajo? ¿Me lo darán los chinos que llevan el restaurante de la esquina y en el que sirven de todo menos comida china? ¿El del kiosco me contrataría como lector de noticias para esos clientes que se le ponen a leer los titulares y se van luego tan campantes sin comprar siquiera los periódicos gratuitos?” ¿Salir a buscar trabajo? Pero si eso ya no se lleva. Días antes un colegilla, tan parado o más que yo, me dijo que para conseguir un curro, lo que se lleva es el networking. ¿Cómo no había caído antes? !El networking!. “Er netguorquing”, tal como lo dijo mi colega. Es  tejer una red de contactos, como las arañas y esperar que las ofertas de trabajo, grandes negocios y gente interesada en lo que haces caigan como moscas. Te va a forra, chaval. 
Convencido de que eso era lo que tenía que hacer, aquel primer día escribí: crearé mi red de contactos. Lo apunté en un pos-it que enganché en la pantalla del ordenador, en la parte de abajo, bien a la vista. Y acto seguido me puse a la labor. Lo primero que hice, siguiendo los consejos de mi amigo, fue crear una cuenta de correo en google. Un gmail, que le llaman. Vaya nombrecito. Suena como a escupitazo...jjjeeeemeil....como si uno rebuscara en el fondo de la garganta un cúmulo de saliva para luego amasarla sobre la lengua, hinchar los pulmones respirando por la nariz y luego soplar con la boca pequeña para que salga a presión y se estampe en la pantalla del ordenador. Pero bueno, es lo que todo el mundo tiene. Todo el mundo tiene su jemeil. Tengo un jemeil, deben decir botando de alegría en cuanto reciben uno. Y lamparón de salivazo en el ordenador.  
No me costó demasiado darme de alta. Rellenar unos cuantos campos, inventarme una contraseña supersegura que no tardé ni un segundo en olvidar, aceptar unas cuantas normas legales que no me dio tiempo a leer, y listo. Ya tenía un sitio donde la gente podría enviarme jemeils. Y una balleta a mano, por si acaso los jemails iban acompañados de secreciones salivares.
Y teniendo mi cuenta de correo, lo siguiente fue hacerme de facebook. Otro nombre que se las trae. No por su significado, que la verdad, ni fu ni fa. Más que nada por la pronunciación. Si voy y en una reunión de amigos guays suelto que me hecho de faceboc, igual me llevo un chasco. Que no, que se dice feisbuk, me dirían los más enteradillos. Pues aquí pone faceboc, estaría a punto de rebatirles. Pero mejor callarse, que en estas lides tecnológicas siempre hay alguien que sabe más que nadie. Me la trae floja como se pronuncie. Bueno, al menos sólo hay una forma de escribirlo. Y varios pasos que dar antes de que te admitan. Paso 5: Encuentra amigos fácilmente, ponía al final de formulario. ¿Qué cojones amigos? ¿Yo lo que busco es trabajo? Sí, claro. ¿Y cómo vas a encontrar trabajo sin una buena lista de amigos que te recomienden, te pasen chivatazos o te propongan lucrativos negocios? Pues eso, a buscar amigos. De eso se encarga el programa. Sale una ventanita que me advierte que está buscando en mi libreta de direcciones de jemail. !Pero si no tengo ni un puto amigo,  a parte de mi colegilla! Ni en la libreta de direcciones de jemeil ni en mi agenda finocam. Paso 6: buscar amigos de la escuela. Bueno, por probar no pierdo nada. Escribí el nombre de la escuela, el año en que me expulsaron. Resultados de la búsqueda: no se han encontrado amigos. !Cómo iban a estar esos bestias medio analfabetos! A esas alturas, todos yonkis o macarras. Vete a saber. Pero ¿en facebook?, vamos que ni pintado. Paso 7: describa sus intereses. Bueno, si pongo que soy un manitas, un apañao que lo arregla todo, igual la gente que necesita que le arreglen una cañería me envía un jemeil. Pues eso es lo que escribo. Enhorabuena, bienvenido a la mayor comunidad por internet y bla, bla, bla y me deja en una pantalla con un enorme espacio en blanco que pone: “¿En qué estás pensando? !Qué cojones! Pues en que voy a estar pensando! Escribí: alguien sabe de un curro para un manitas. Y ya está. 
Me recosté en el respaldo de la silla. Por aquel día ya había tenido suficiente. Ahora era cuestión de esperar. Convencido de que los jemeils llegarían a mansalva, me fui a dormir. Pero antes escribí en el pos-it: “hoy he hecho netguorquin.”
“Hoy haré netguorkin” escribo un día más en el enésimo pos-tit que llenan la pantalla de mi ordenador. Y me pongo a abrir ventanas. El jemail, la primera, Ni un puto mensaje, El fesibuc, la segunda. Ni un amigo nuevo. No es que no haya conseguido amigos durante todo este tiempo, que sí que he ido encontrando gente que le guste la fontanería o el brocilage. Lo que pasa es que cuando les digo lo que estoy pensando, automáticamente desaparecen de mi lista de amigos. No sé, empiezo a pensar que estoy apestado. Y sigo abriendo ventanas. Los portales de empleo. Las webs profesionales como Xing y Linkedin. El twiter. Y venga a abrir ventanas. A estas alturas, pienso que soy todo un experto. Podría estar abriendo ventanas hasta agotar la memoria del ordenador. En el fondo estoy contento. Estoy sin un puto duro. Los muebles que tenía han ido desapareciendo de mi habitación. Duermo en un sucio colchón en el suelo. El mes que viene me cortan la electricidad por falta de pago. Pero yo sigo abriendo ventanas. Sin salir a la calle, me paseo por el mundo buscándome la vida.  No desesperes que argo te saldrá, me ha escrito mi amigo en un sms. !No, no me desespero! Al menos me levanto sabiendo qué voy a hacer durante el día y me duermo con la sensación de que lo he hecho. 

sábado 6 de febrero de 2010

La Carretera

El otro día fui a ver la película "La Carretera". Muchos habrán leído la novela. Yo no. Pero leyendo las reseñas de su estreno en los periódicos, me pude hacer una idea de lo que iba a ver. A grosso modo, una película intensa, dramática, apocalíptica,  centrada en los sentimientos de un padre hacia su hijo en un mundo destruido. Nada de finales felices hollywoodienses. Drama humano al límite. Y con esa idea, me senté en la butaca. Y se apagaron las luces. Y la pantalla empezó a llenarse de anuncios. Desde el anuncio en que piden que apagues el móvil parodiando la película Troya, donde Aquiles grita frente a la muralla el nombre de Hector. Sólo que no es Brad Pitt quien grita, si no un enclenque actor que se supone que es un espectador, un hombre normal y corriente, con cara de tonto, como si todos los espectadores que van al cine pretendieran llevarse el protagonismo cuando inesperadamente, en medio de una escena, suena su móvil. Luego,  el clásico anuncio de ventas de entradas por ServiCaixa. Una musiquita con infulas de modernez, pero repetitiva hasta el agotamiento, y unos planos mal iluminados de gente viendo o participando de espectáculos. Lo típico: la grada del estadio de fútbol, una bailarina, un soplador de fuego, una trapecista. Y adelante y atrás. Ahora están tristes, ahora alegres. Ahora le aplauden, ahora no. Y el eslogan que pretende explicar este sin sentido: con ServiCaixa no te pierdes nada. El arquetipo publicitario, con una lamentable realización. Después de los anuncios, la batería de trailers de próximos estrenos. Todos cortados con el mismo patrón. La frase que plantea el conflicto: un padre quiere saber quien mató a su hija, pero su hija no es quien él suponía que era. Y venga golpes de música que hacen temblar el asiento. Y la sucesión de escenas de acción, como si eso fuera, por norma, lo que los espectadores valoran más. La acción, los efectos especiales y la sutil pero efectiva postproducción tres d, que nos hace ver cosas imposibles, pero que todo el mundo acepta y se cree. Y, ante eso, uno piensa en lo que las grandes productoras de cine comercial nos hacen tragar. No inventan nada. Todo es el mismo esquema. El conflicto. Los buenos, los malos, el desarrollo, el climax y la resolución. El grado de acierto, depende sólo de cómo esté contada la historia. De su capacidad de afrontarla desde nuevos puntos de vista. De hacernosla ver a través de los ojos de personajes interesantes. De plasmar sentimientos y reflexiones profundas en la mentalidad del espectador. En ese sentido, alguna hay que aporte algo más que entretenimiento. 
¿Pero es eso lo que el espectador común y corriente busca? ¿Por qué una película como Avatar llena la sala y en cambio, La Carretera no?


Una sensación de fin del mundo me sobrecogió. Como si la humanidad entera estuviese dispuesta a dejarse a anestesiar por el puro entretenimiento. Y con esos pensamientos, apareció en la pantalla un bonito paisaje primaveral que luego se transformó, como mecido por una inexplicable brisa, metáfora amable del cataclismo,  en un plano sombrío de un interior, oscuro, cerrado, con un hombre y una mujer a punto de dar a luz y luego el fin del mundo. Y un padre con su hijo sobreviviendo. 
Salí del cine con la imperiosa necesidad de leer el libro. Quería vivir, sumergirme en esa experiencia apocalíptica. Sólo la literatura puede llegar a plasmar una historia como esa en toda su expresión.