Aquella mañana, me disponía a escribir una poesía que rondaba por mi cabeza desde hacía días. Tenía los primeros versos claros y estaba convencido de que el resto fluiría de forma natural si me concentraba un poco. ¿Concentración? Me di cuenta de que poco podría concentrarme con el ruido que había en casa. Esa mañana habían venido los operarios a hacerme unas pequeñas reparaciones. Para aislarme del ruido, opté por ponerme los auriculares y escuchar música de mi ordenador. Abrí el programa Spotify de música por suscripción, elegí una lista de reproducción y me puse los auriculares a todo volumen. A los primeros compases de la canción, noté unos golpecitos en mi hombro.
––Perdone que le moleste jefe ––. Era el electricista que me hablaba alzando la voz lo suficiente como para que pudiera oírle.
––No grite tanto, que hay vecinos –– le pedí gritando yo también para oír mi voz por encima de la canción. Me giré y me saqué los auriculares para atenderle. Igual necesitaba una escalera.
––No me diga que usted escucha música por Spotify. Es cojonudo ese programa. Mola ––me dijo, al tiempo que acercaba su cara a mi pantalla hasta casi empañármela con su aliento.
Antes de darle al botón de play de nuevo, le clavé una mirada de autoridad, de esas que significan no me toques las pelotas y dedícate a arreglarme ese enchufe que para eso te he llamado. Pero al girarme me encontré con la pantalla de su iPhone 4 en mis narices. El también tenía el programa Spotify en su móvil. Con el dedo me señaló el número de canciones que tenía en su biblioteca.
––Fíjese, he llegado al tope. Tres mil trescientas treinta y tres canciones. Una más ya sería abusar. Total por 9.99 euros al mes.
Tres mil trescientas treinta y tres canciones. Vaya fiera. Mi biblioteca apenas superaba los ciento cincuenta títulos y yo también pagaba esa cuota cada mes. Tengo que ponerme a descargar canciones como sea, me dije. Un electricista no podía superarme en cuestiones musicales. Improvisé una respuesta. Estaba a punto de decirle que no importa la cantidad si no la calidad cuando un vocerío grotesco procedente de la habitación me dejó sin respuesta. Parecía que estaban degollando a alguien. Me levanté y me dirigí a la habitación a averiguar qué ocurría, no fuese que el vecino llamase a la policía. En mi habitación, el técnico antenista bailaba y canturreaba a grito pelado. Llevaba los auriculares puestos y la canción que escuchaba debía entusiasmarle. Pegaba unos berridos y desafinaba tanto que más bien parecía un cerdo degollado. Estaba a punto de llamarle la atención cuando mi móvil sonó y vibró en mi bolsillo. Llevaba el tono de llamada más estridente de mi colección de tonos de llamada. Me lo había puesto esa mañana porque sabía que entre el electricista, el antenista, el carpintero, el fontanero y el cristalero mi casa se convertiría en una jungla de ruidos capaces de dejar sordo a cualquiera.
––Diga ––grité por encima de los trinos del antenista. En ese momento, la sierra circular del carpintero, en el pasillo, entró en acción. Noté un pitido agudo en mis tímpanos, como si alguien me hubiese dado un puñetazo en la oreja.
––Mola. Ese tono, también lo tengo yo ––gritó el antenista, por encima del volumen de la música que estaba escuchando, por encima también del fragor de la sierra. ¿Cómo podía oír el tono de llamada en mi móvil llevando los auriculares puestos? No me entretuve en encontrar una respuesta. Tenía que contestar la llamada entrante. Apreté el botón de contestar. Repetí varias veces diga. Pero la sierra del carpintero ya mordía la madera, con un agudo y estridente silbar y no me permitía escuchar la voz al otro lado. Al pasar por su lado, entre una nube de serrín, pude ver que el hombre tecleaba en su móvil un mensaje sms con una mano y con la otra acercaba un listón de madera a la sierra circular. Creo que de la angustia que sentí, la comunicación se cortó. O quizás mi interlocutor pensó que se había equivocado de número y que en vez de llamar a la tranquila casa de un poeta, había llamado a un taller mecánico, o a un manicomio, según escuchase la sierra mecánica o los gritos desafinados del antenista.
––Mire en llamadas perdidas ––me dijo el fontanero, con el que me crucé en el pasillo.
––Aquí las encontrará ––me instruyó a continuación, señalándome con un dedo ennegrecido el botón de llamadas perdidas en la pantalla de mi móvil. Sin dejar de mirar la sierra circular, aparté su manaza de mi móvil. Intenté suavizar mi gesto dándole las gracias, pero en ese momento su móvil sonó. El hombre se quedó en el pasillo, con el soplete encendido en la mano, atendiendo su llamada. Me pregunté cómo ese hombre podía oír algo. Entre los cánticos del antenista, la sierra del carpintero y el taladro del electricista que justo en ese momento percutía contra el tabique del salón era imposible mantener una conversación a través de un móvil. Igual están acostumbrados, pensé.
Volví a mi escritorio. En el centro de mi pantalla del ordenador, un sordo mensaje de texto reclamaba mi atención.
––Veo que también tiene un perfil en facebook ––me dijo el electricista, que de nuevo fisgoneaba por encima de mi hombro, taladro en mano. Me volví a girar. De nuevo me encontré con la pantalla de su iPhone 4 en las narices.
––Cuatro mil novecientos noventa y nueve amigos ––. Señaló una cifra en la pantalla táctil de su móvil––. Uno más y tendré que crear otro perfil. Mola.
En ese momento, justo cuando acababa de minimizar la ventana de facebook, para evitar que el electricista viera mi escasa cosecha de amigos, pude oír el timbre de la puerta. Fui a abrir. Era mi vecino.
––¿Te funciona el adsl? ––me preguntó.
––Pues creo que sí ––le dije. Me explicó que a él se le había cortado la conexión hacía cinco minutos. Yo, por decir algo, le dije que mi conexión iba perfecta. Un poco lenta, quizás.
––Quite jefe, que ahora le miro el adsl ––se ofreció el electricista en cuanto el vecino se marchó. Y acto seguido blandió su iPhone 4, lo levantó por encima de su cabeza y empezó a moverlo a un lado y a otro, alrededor de la sala.
––¿Cuántas megas tiene contratadas? ––me preguntó. No tenía ni idea. Suficientes para navegar por internet, recibir el correo y bajarme canciones. No era una cuestión que me preocupase.
––Es que la señal es muy débil ––dijo mirando unas gráficas en la pantalla de su móvil.
Y para qué quiero más, estuve a punto de decirle. Pero no pude porque, de repente el antenista apareció en la sala. Ya no cantaba, pero seguía con los auriculares puestos. Alzando la voz y pronunciando mal las vocales me dijo:
––¿Qué me dejaría la clave de su wifi para descargarme unas cancioncillas?
Me quedé pasmado.
––Es que este grupo es la hostia ––añadió y a continuación se puso a hacer el solo de guitarra con el cable de antena como mástil de la guitarra y sacudiendo la cabeza arriba y abajo.
Y de repente, oí un “mierda”, procedente del pasillo. Temí que el carpintero se hubiese cortado, que su mano hubiese sido seccionada del brazo por aquella horrible sierra circular.
––Coño, que me cobran 0,99 por un mardilto sms.
––Tío que no estás a la guay. Usa el skype ––le aconsejó el fontanero, interrumpiendo momentáneamente su conversación telefónica.
––El Whatsupp es gratis ––gritó el antenista en mitad del solo de guitarra.
––No le importa que use su ordenador para enviar un hotmail ––me pidió el carpintero mientras acababa de cortar un largo listón de madera. Iba a decirle que no, que por dios se fijase en lo que estaba haciendo. Pero, de nuevo, el electricista intervino. Y empezó a darle consejos sobre programas de mensajería instántanea para el móvil. Y el antenista, también entró en la terna de sugerencias y comentarios. Y el carpintero, para no ser menos, también se puso a demostrar sus conocimientos tecnológicos. Y la sierra circular seguía silbando y levantando serín, como queriendo ella también participar del cada vez más encendido debate. Y aquello era un caos insufrible para un poeta como yo. Decidí salir de casa y buscar un bar tranquilo donde pudiese seguir con mi poesía.
–Bueno, esto ya está – oí que me decía una nueva voz, a mi espalda. Era el cristalero. Me había olvidado del cristalero.
––Ah, bien. Ya me enviará la factura ––le dije a toda prisa, con la intención de salir de ahí cuánto antes.
––¿Y cómo quiere que se la envie?
––Yo que sé, por mail.
––No tengo eso.
––Pues llámeme al móvil.
––No puedo, la jefa no me deja usar el teléfono para llamar a móviles.
––Pues enviéme un sms.
––Tampoco tengo móvil.
––¿Acepta tarjetas de crédito?
––¿Y qué hago con su tarjeta de crédito?
––Pues pasarla por el terminal
––No tengo de eso.
Respiré profundamente. Me estrujé el cerebro para dar con una solución al pago de la factura de ese hombre. Desde luego, merecía ser remunerado. Había hecho el trabajo con eficiencia, sin interrupciones de llamadas al móvil, sin música que le distrajera, sin mensajes que contestar. Iba a preguntarle por el número de su cuenta para hacerle una transferencia electrónica. Se me ocurrió que igual tenía una cuenta en pay pal. Pero viendo su aspecto, concluí que ese hombre de tecnología poco, por decir nada. Sus herramientas no eran más que un martillo, un formón, unas alicates y una bola de masilla, de esa que huele a pescado.
Y ahí lo di por imposible. Ese hombre vivía en otro mundo. Me lo quedé mirando. Y pensé que aún siendo un analfabeto tecnológico, había hecho su trabajo mejor que el electricista, el carpintero y el antenista juntos. Desde luego, merecía cobrar. Me di cuenta de que no llevaba dinero encima. No quedaba otra solución que bajar a la calle y sacar dinero del cajero de la esquina. Le pedí que me acompañase. Salimos los dos por la puerta. Antes de cerrar, volví al salón, apagué mi ordenador y desconecté el router.
––¿Le gusta la poesía? ––le pregunté frente a la puerta del ascensor. En ese momento, a través de la puerta cerrada de mi piso oí que uno de los operarios gritaba:
––¿Quién coño ha cortado el adsl?