miércoles 24 de marzo de 2010

Acabaconloshijosdeputa.com

El otro día, un amigo me envió el enlace a una curiosa página web. “Míratela, seguro que te interesa”, me escribió en el mensaje. Por curiosidad y por que no tenía nada más que hacer, accedí a la web. “Acabaconloshijosdeputa.com” se titulaba la página. Había un tutorial que explicaba en qué consistía. Me leí el tutorial. Primero tenía que elegir la localización que más me gustase: ciudad, campo, costa, club náutico, gran mansión o club de golf. Definir si el hijo puta era hombre o mujer. Enviar una foto de su cara, escribir varias frases de desahogo y listo  En lo que tardaba el programa en procesar la información, ya tenía un vídeo en el que podía ver, experimentar y disfrutar viendo cómo se acaba con un hijo de puta. Me gustó la idea. Elegí la escena que consideré más apropiada. Subí la foto de la persona que odio más en este mundo. Todo el mundo tiene alguien a quien odiar, digo yo. Que no todo va a ser amor y pastelitos en esta vida. Esperé apenas un minuto y empecé a ver el vídeo.
Mi hijo de puta preferido está en la calle, parado frente a un cajero automático. Puedo ver su cara, perfectamente moldeada en 3D e insertada en un cuerpo bien parecido al suyo. Incluso viste parecido, con una corbata que mucho se parece a aquellas que usaba con tan mal gusto. Le veo confiado. Regodeándose en su bienestar y su prosperidad. Pero de repente, su expresión cambia. En la pantalla del cajero, un texto: “Lo lamentamos pero su cuenta ha sido bloqueada por estafador. Diríjase a una oficina de Hacienda”. Eso ya me gusta. Veo cómo mi hijo de puta, se aleja del cajero rascándose la cabezay camina unos pasos más por una calle. Entra en un restaurante. Debe tener hambre. Siempre andaba comiendo el tío. Lo veo pedir. Ostras. Marisco. Vino blanco de aguja. Se pega un banquete, el tío. Llega el momento de la cuenta. Saca la Mastercard de la empresa. Vuelve el camarero. La Mastercad no va. Ni tampoco la Visa personal. Y no lleva metálico. Quiere llamar a su mujer por el móvil. “Móvil sin saldo, diríjase a su operador”. Su cara es un mapa. No sabe qué hacer. Mira a su alrededor, quizás buscando algún amigo que pueda sacarlo del apuro. No conoce a nadie. Los comensales lo miran con desconfianza. El dueño del restaurante le invita a acompañarle a su despacho. Le toma sus datos. Le exige el Cartier Bresson que lleva en su muñeca como fianza. Lo cachea. Se queda también con el móvil Blackberry, con la cartera Loewe de piel. Después lo acompaña a la puerta de atrás del restaurante y de una patada en el culo, lo empuja al callejón. Me regodeo viendo la cara de estupefacción de mi hijo de puta. Siempre tan señor, siempre con esa media sonrisa de falsa confianza. Mírate ahora, cabrón. Me parto de risa. El video está tan bien hecho que parece una película. El callejón es de aquellos de películas de bandas de Harlem. Clavadito. En el desencajado rostro de mi hijo de puta, se dibuja un terror repentino. Ha visto algo. La cámara gira al extremo del callejón. ¿Como no? Una banda de tipos duros se le acercan. Y sin mediar palabra, uno de ellos le atiza con una barra de acero en el estómago. “Está por haberle recriminado a un empleado que un puto día, sólo un puto día cargara una comida a la tarjeta de la empresa”, le dice, despacio, fríamente, mientras  mi hijo puta está doblado de dolor. Y acto seguido recibe una patada en la mandíbula de otro de los tipos. “Esta por follarte a tus empleadas”, le suelta. Eso ya me da más repelús. Mi pobre hijo de puta. Lo veo ahí escupiendo sangre por la boca y recogiendo trozos de dientes esparcidos por el suelo. Y venga más patadas. Y los textos que había escrito en el formulario, son dichos una a uno, y en la entonación justa por los matones. “Esta de parte de tus proveedores”, “esta de parte de tus clientes”, “esta de parte de tus compañeros de trabajo” Y así, frase a frase, no lo matan de milagro. Mi pobrecito hijo de puta se levanta. En la siguiente escena, lo veo introduciendo la llave en la puerta de su casa. Bueno, no es exactamente su casa, que sé donde vive. Pero como si lo fuese. La llave no funciona. En el pomo de la puerta una nota. “Búscate la vida, cabrón”. Por la cara que pone, se deduce que la nota la ha escrito su mujer y que él se ha quedado sin casa. Y sin mujer. Genial. Siguiente escena. Ha dormido en el despacho. Se despierta dolorido, amoratado, hecho un cisco. Entra un señor muy importante, debe ser el presidente de la compañía, acompañado de dos guardias. El señor importante le tira expedientes sobre su mesa. Desfalco. Morosidad. Falsas facturas. Nóminas apañadas. Sociedades instrumentales. Mobing a los empleados. Despidos improcedentes. Adulterio. Abuso de posición dominante. La cara de mi hijo de puta es un poema. Balbuceante, lloroso, sin dientes. Se acaba aquí el vídeo. ¿Quiere enviarlo por correo? Me pregunta el programa.