El otro día fui a ver la película "La Carretera". Muchos habrán leído la novela. Yo no. Pero leyendo las reseñas de su estreno en los periódicos, me pude hacer una idea de lo que iba a ver. A grosso modo, una película intensa, dramática, apocalíptica, centrada en los sentimientos de un padre hacia su hijo en un mundo destruido. Nada de finales felices hollywoodienses. Drama humano al límite. Y con esa idea, me senté en la butaca. Y se apagaron las luces. Y la pantalla empezó a llenarse de anuncios. Desde el anuncio en que piden que apagues el móvil parodiando la película Troya, donde Aquiles grita frente a la muralla el nombre de Hector. Sólo que no es Brad Pitt quien grita, si no un enclenque actor que se supone que es un espectador, un hombre normal y corriente, con cara de tonto, como si todos los espectadores que van al cine pretendieran llevarse el protagonismo cuando inesperadamente, en medio de una escena, suena su móvil. Luego, el clásico anuncio de ventas de entradas por ServiCaixa. Una musiquita con infulas de modernez, pero repetitiva hasta el agotamiento, y unos planos mal iluminados de gente viendo o participando de espectáculos. Lo típico: la grada del estadio de fútbol, una bailarina, un soplador de fuego, una trapecista. Y adelante y atrás. Ahora están tristes, ahora alegres. Ahora le aplauden, ahora no. Y el eslogan que pretende explicar este sin sentido: con ServiCaixa no te pierdes nada. El arquetipo publicitario, con una lamentable realización. Después de los anuncios, la batería de trailers de próximos estrenos. Todos cortados con el mismo patrón. La frase que plantea el conflicto: un padre quiere saber quien mató a su hija, pero su hija no es quien él suponía que era. Y venga golpes de música que hacen temblar el asiento. Y la sucesión de escenas de acción, como si eso fuera, por norma, lo que los espectadores valoran más. La acción, los efectos especiales y la sutil pero efectiva postproducción tres d, que nos hace ver cosas imposibles, pero que todo el mundo acepta y se cree. Y, ante eso, uno piensa en lo que las grandes productoras de cine comercial nos hacen tragar. No inventan nada. Todo es el mismo esquema. El conflicto. Los buenos, los malos, el desarrollo, el climax y la resolución. El grado de acierto, depende sólo de cómo esté contada la historia. De su capacidad de afrontarla desde nuevos puntos de vista. De hacernosla ver a través de los ojos de personajes interesantes. De plasmar sentimientos y reflexiones profundas en la mentalidad del espectador. En ese sentido, alguna hay que aporte algo más que entretenimiento.
¿Pero es eso lo que el espectador común y corriente busca? ¿Por qué una película como Avatar llena la sala y en cambio, La Carretera no?
Una sensación de fin del mundo me sobrecogió. Como si la humanidad entera estuviese dispuesta a dejarse a anestesiar por el puro entretenimiento. Y con esos pensamientos, apareció en la pantalla un bonito paisaje primaveral que luego se transformó, como mecido por una inexplicable brisa, metáfora amable del cataclismo, en un plano sombrío de un interior, oscuro, cerrado, con un hombre y una mujer a punto de dar a luz y luego el fin del mundo. Y un padre con su hijo sobreviviendo.
Salí del cine con la imperiosa necesidad de leer el libro. Quería vivir, sumergirme en esa experiencia apocalíptica. Sólo la literatura puede llegar a plasmar una historia como esa en toda su expresión.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada